El otro día me levanté muy temprano, como siempre. Con las prisas, también como casi siempre, me dejé la chaqueta en casa. Al salir a la calle sentí que, al fin y al cabo, no hacía tanto frío. Continué apresurado por mi calle hasta llegar a La Rambla y cogí el metro en la Plaza Cataluña. Pero, al llegar a mi destino, el barrio de Pedralbes, pude notar en seguida que el frío se había intensificado notablemente. Fue entonces cuando recordé las palabras que la tarde anterior había pronunciado en su clase magistral el Dr. Martín-Vide: «En noches como la de hoy, con poco viento y cielo despejado, es muy probable que la isla de calor funcione con intensidad».

Manhattan de noche

Nueva York, una de las grades metrópolis mundiales también sufre los efectos de la isla de calor.

¿La isla de calor? Sí, la isla de calor (urban heat island). No hablamos de ninguna isla tropical con temperaturas tórridas. En realidad, se trata de una anomalía térmica positiva que se produce en los centros de la ciudades en contraste con una periferia más fría. Si trazáramos sobre un mapa de la ciudad varias líneas uniendo los puntos de igual temperatura veríamos que presentan una forma concéntrica alrededor del núcleo más cálido, normalmente coincidente con el centro urbano. Esta forma, parecida al de una isla, es lo que le ha dado nombre al fenómeno.

La isla de calor se debe a muchos factores pero, en síntesis, es consecuencia de que la ciudad altera el área sobre la que está ubicada y, con ello, modifica el clima. Es importante remarcar que se trata de un fenómeno a escala local, por lo que no podemos relacionar este calentamiento artificial, antrópico, con el cambio climático. Éste último afecta a todo el planeta, es de escala global, mientras que la isla de calor solo afecta a la ciudad y sus áreas más próximas.

¿Y cómo puede una ciudad cambiar el clima aunque tan solo sea a escala local? Lo cierto es que lo hace. Y es más, no hace falta que la ciudad sea muy grande. Se ha estimado que un núcleo de apenas 2.000 habitantes ya puede tener su propia isla de calor. La ciudad, por pequeña que sea, sobreimpone a la topografía real (el suelo natural) una «topografía urbana», geométrica, lineal, compacta, densa, muy distinta a lo que encontramos en la naturaleza.

Esto incide, por ejemplo, en los flujos de aire: el viento disminuye su velocidad y aumenta su turbulencia. Por otro lado, el suelo pavimentado tiene una gran capacidad calorífica, lo que modifica el balance energético. Además, al ser un suelo impermeable, no hay infiltración, toda el agua se drena artificialmente, por lo que la evaporación no es la misma que la que habría en un suelo natural. A todo esto hay que añadirle los efectos propios de las actividades antrópicas: combustiones, iluminación, calefacciones, tráfico… Estas actividades implican,en primer lugar, un aumento de la temperatura y, en segundo lugar, un reforzamiento de la convección que da lugar a una mayor nubosidad.

La isla de calor es un fenómeno nocturno y no siempre tiene la misma intensidad. Durante el día las anomalías térmicas entre el centro y la periferia son normalmente despreciables. Incluso pueden invertirse, es decir, la periferia puede llegar a presentar mayor temperatura que el centro urbano. Suele darse más en invierno y se produce en condiciones de estabilidad atmosférica porque, si hay convección, es decir, existen corrientes ascendentes y descendentes de aire, la atmósfera se homogeniza y las diferencias de temperatura son mínimas. Lo mismo ocurre si hay viento. Otra condición que intensifica la isla de calor es que el cielo esté despejado. De esta forma hay un mayor contraste entre las pérdidas de radiación de onda larga (infrarroja) hacia la atmósfera que se dan en la periferia y áreas rurales que las que se dan en la ciudad. Cuando hay nubosidad las propias nubes reflejan este tipo de radiación, por lo que las diferencias de pérdida son mínimas entre el campo y la ciudad. En cambio, cuando el cielo nocturno está al raso, la radiación que emite el suelo, los árboles, etc. no encuentra obstacúlos para perderse libremente en la atmósfera. Esto no ocurre en la ciudad. Los altos edificios, calles, carreteras… emiten al mismo tiempo que reflejan gran cantidad de radiación retenida durante el día dificultando enormemente la pérdida de calor.

Por tanto, cuando el viento está en calma, la atmósfera está estable y la nubosidad es escasa la intensidad de la isla de calor es máxima. En Barcelona, por ejemplo, con este tipo de condiciones, se han llegado a registrar diferencias de hasta 8-9º C entre el centro y sus áreas periféricas. Esto significa que en invierno puede estar helando en algunas zonas mientras que en otras la temperatura es ampliamente positiva.

A priori pudiera parecer que la isla de calor no tiene mayor importancia pero, en realidad incide enormemente en nuestras vidas. Hay que recordar que actualmente, en los paises desarrollados, más del 75% de la población es urbana. Somos más de 5.000 millones de personas en el mundo los que estamos sometidos a un clima antropizado, alterado. Esto tiene muchas implicaciones: energéticas, ambientales, de salud… en las que no vamos a entrar en este artículo. En cualquier caso, como mímimo, al salir de casa no olvidéis vuestra chaqueta, sobre todo si vivís en el centro y os váis hacia la periferia…