A menudo la gente me pregunta qué tiempo va a hacer. Es lógico cuando saben que dedico gran parte de mi vida al estudio y conocimiento de la atmósfera. Sin embargo, al responderles, suelen preguntarme: pero, ¿cómo la sabes? ¿De dónde sacas los datos? ¿Es que tienes acceso a las previsiones de la NASA?… Es como si pensaran que tengo alguna fórmula mágica, una web infalible o acceso a unos «informes secretos» sólo para profesionales.

Pronosticar el tiempo no es tener una bola de cristal ni tampoco es repetir el parte meteorológico de otras fuentes. Una previsión meteorológica rigurosa se basa en la interpretación directa de los modelos y de los mapas meteorológicos. Y no es tarea fácil. Los modelos meteorológicos calculan a través de complicados algoritmos matemáticos el previsible comportamiento futuro de la atmósfera en base a unas condiciones iniciales. De este modo, a partir de los datos atmosféricos actuales (temperatura, presión, humedad…) registrados en miles de puntos de observación alrededor del mundo, unos potentísimos ordenadores simulan los escenarios más probables para las próximas horas. ¿Magia? ¿Y dónde interviene el predictor en todo esto? En primer lugar: los modelos se equivocan. Además, existen infinidad de modelos, la mayoría de acceso libre a través de Internet. El meteorólogo debe contrastar las salidas de tantos modelos como le sea posible y saber, para esas situación concreta, qué modelo es el que probablemente se esté acercando más a la realidad. Y no sólo eso, conocer el territorio para el que se está pronosticando el tiempo es fundamental. Los factores geográficos desempeñan un papel decisivo, unos factores que muchas veces los modelos no consiguen plasmar.

A través de la modelización se obtienen también los mapas del tiempo, pero no sólo los que vemos en televisión. En éstos únicamente se muestra la evolución de los grandes centros de acción (anticiclones y borrascas) a nivel de superficie. Pero para poder saber qué va a pasar exactamente es necesario estudiar la atmósfera a mayor profunidad, a todos sus niveles. Por ello se hace imprescindible observar los mapas a distintas alturas. Al menos se tienen en cuenta los mapas a 850 hPa (≈1.500 m), 700 hPa (≈3.000 m), 500 hPa (≈5.500 m) y 300 hPa (≈9.000 m). Las variables más importantes son el geopotencial, la temperatura y la humedad. Pero también, a esos niveles, se pueden observar bien las advecciones, las zonas de difluencia, la vorticidad o la corriente en chorro.

Mapa a 500 hPa. Reanálisis 28 junio de 2011. NCEP

Mapa a 500 hPa. Reanálisis 28 junio de 2011. NCEP

Realizar una buena predicción es una tarea ardua, complicada, que requiere muchos datos, amplios conocimientos y experiencia. Esto explica que no exista una aplicación para iPhone perfecta, que acierte siempre, o una web que acierte siempre. En la mayoría de los casos se trata de predicciones automáticas, obtenidas directamente de los resultados de los modelos, y en las que, por tanto, no ha intervenido un profesional que «precise» esa predicción.

Y probablemente pensarán que, aunque el hombre intervenga, las previsiones siguen fallando. Y es así, y lo seguirá siendo. ¿Por qué? Es sencillo. Porque la atmósfera es un sistema caótico y como tal su evolución es siempre impredecible. El número de variables, factores y sus relaciones son prácticamente infinitas. Además, partimos de unos datos iniciales, las condiciones atmosféricas actuales, que no son reales (errores de medición, pocos puntos de observación, etc…). Y como en el «efecto mariposa», un cambio mínimo en una variable puede implicar un cambio enorme en la evolución futura de todo el sistema.

Así que eso es pronosticar el tiempo, no es cosa de un rato ni de darle a una tecla, sino una profesión en la que puedes estar aprendiendo toda una vida.